
Tradicionalmente, uno de los sueños de la humanidad ha sido que el hombre pudiera alcanzar la vida eterna, la eterna juventud. Pues bien, parece que la Academia Española de Cine persigue su particular versión de este sueño: la gala eterna de los Premios Goya.
Mentiría si dijera que seguí el acontecimiento en toda su extensión. De hecho, es probable que no haya visto más de un 15% del evento (que, teniendo en cuenta el nada desdeñable tiempo que duró, ha sido algo más de media hora, a intervalos de aproximadamente 5 o 10 minutos, dependiendo de los niveles de atrofia mental que me ocasionara en cada momento). Pero, francamente, me ha sido suficiente, puesto que para saber quién ha recibido premio sólo es necesario seguir cualquier programa de noticias poco saludables, como el de Mª Teresa Führer Campos, Lo Que outTeresa, o el de Anne Eleven Points Igartiburu, Corazón de la Estación Correspondiente. Porque, desde luego, el hecho de ver la gala para enterarse no ayudaba demasiado a azuzar la emoción y la intriga precisamente...
Lo que me gustaría saber es, con lo increíblemente sosa que ha sido la entrega de premios, puesto que ni siquiera tengo constancia de que hubiera en ella ninguna actuación (ni durante lo que vi de la gala, ni en los comentarios posteriores al respecto), ¿cómo se las han ingeniado para que durase tanto? Tendré que repasar las listas de premios. A lo mejor la clave reside en alguna nominación del tipo: Mejor Becario que le Llevaba el Café al Director, o: Mejor Empresa de Cátering para Alimentar al Reparto Durante el Rodaje en Exteriores.
Si hicieran algo auténtico y genuino y se dejaran de intentar imitar a Jolivú...