
Acontecimientos como el de este fin de semana hacen que me sienta tan mayor...
Este sábado había convocados en varios puntos de España unos cuantos macrobotellones, para seguir en cierto modo la estela de uno celebrado en Sevilla poco tiempo atrás.
Nunca he sido precisamente una fervorosa partidaria de este tipo de fiestas (a priori no tengo nada en contra, pero no es mi ideal de diversión agarrarme una moña brutal porque sí para luego ni siquiera acordarme de qué ha pasado), pero hay dos cosas que me parecen absolutamente imperdonables por parte de quienes toman parte en ellas: la primera es el ruido que generan, puesto que sólo en contadas ocasiones se celebran en espacios en que no se molesta a gente que intenta dormir; la segunda es la suciedad, y es que a ver quién le pide a un(a) borrach@ que tire los vasos de plástico y las botellas vacías en la papelera más cercana (por no hablar de ciertos desagradables fluídos corporales que indefectiblemente terminan en el suelo tras pasarse con la bebida).
Anyway, me pregunto qué tanto éxito habrán tenido estos macrobotellones. Pero me temo que bastante. Y es que los precios de saldo de las consumiciones en los pubs y el impecable sistema educativo de este país avalan que este tipo de concentraciones serán un hecho aislado que durará como mucho un par de meses.