
Este sábado he asistido por primera vez a un tipo de evento muy especial: la celebración de unas bodas de plata.
Siendo sincera, diré que me tomé la invitación con bastante escepticismo (todo este tipo de celebraciones de nuevo cuño, tan implantadas por películas y teleseries americanas, no me hacen precisamente demasiada ilusión...), pero el resultado ha sido realmente fantástico. Más que la mayoría de las primeras nupcias a las que normalmente tengo la, para qué engañarnos, obligación de asistir.
Cierto es que en este caso las personas que contraían matrimonio again son una pareja muy allegada a mi familia, lo cual hace vivir todo este paripé (precioso, romántico y tierno, pero paripé después de todo) de forma más personal que otros muchos enlaces a los que he ido e iré, pero la forma que han tenido de hacer las cosas también influye y mucho... Han demostrado que se puede celebrar una boda a la altura de las circunstancias y más entrañable que la mayoría sin gastarse las ganancias anuales de 15 familias de Senegal. Convite en casita (sesenta y pico personas, ahí es ná) y tan ricamente. Ya podrían aprender un@s cuant@s...